SERIF

HOLD TIGHT

Hold Tight

09 de Marzo del 2017

Fui criado como se crían todos los niños. Desde que una ecografía develó mi género, mi familia empezó a comprar toda la indumentaria de primera infancia de color azul. Cobijas, pijamas, camisetas, ropa de cama y cualquier artefacto que gritara que la criatura que habría de nacer era un varón. En mi infancia mi cuarto fue llenado con carritos y balones y en algún momento mis abuelos hicieron el intento de iniciarme en el fútbol, porque varoncito que se respete juega fútbol desde pequeño. Aunque nunca me sedujo la idea de correr tras un balón, mucho menos ver a veintidós hombres correr tras uno o arrastrarme por el pasto, nunca jugué con Barbies pero vaya que fue una sorpresa para más de uno el que resultara gustándome Ken.



La sociedad colombiana de finales del Siglo XX, más confesional que la actual que se ufana de laica, aquella en la que nací, obligaba a los padres, por convicción o aprobación, a criar a sus hijos con estereotipos cliché de antaño que envolvían a cualquier criatura en una de las dos opciones generales sin distinción de algo distinto a lo que existiera entre sus piernas. Afortunadamente, aunque nací y me crié entre prejuicios y estereotipos ultra marcados y en el seno de una familia pobremente progresista, mi mindset logró librar la batalla intacta y floreció al llegar a la adolescencia.

Al llegar a ese momento, aún quedaban vestigios del lema que predicaba que lo diferente es peligroso. No me pudo asustar lo suficiente como para seguir viviendo con las pantuflas y los calzoncillos en el clóset, así que alisté mi maleta y salí de ahí. Debe ser familiar para más de uno este cuadro en el que un amigo o amiga tiene lista una litera en la sala de su casa para el momento en el que decides ser sincero con tu familia y pronunciar la frase: “Es que… Soy gay”. Pero, ¿por qué los hetero no tienen que salir del clóset? Estos predicamentos nunca podrán ser entendidos.

Luego de hacer la infinidad de trámites morales que supone ser LBGTI, logré llegar a un estado de paz mental y con el mundo más o menos ideal. Luego de atravesar todo esto, con la infinidad de pormenores que trae, me encuentro con que eso era apenas el inicio de un larguísimo camino, porque o soy incompatible con la sociedad colombiana, o la sociedad colombiana es incompatible conmigo. O por mi forma de pensar, o por el género que me atrae (me inclino más por la segunda opción).

Parece que uno se debe adherir a ciertas restricciones para amar una vez fuera del clóset. Y el precio sigue subiendo. Lo descubrí cuando amé, cuando tuve la seguridad absoluta e indiscutible para poder decirle a mi novio que lo amo. Aunque la Corte Constitucional ha reconocido las uniones civiles entre parejas del mismo sexo, la sociedad que elige a quienes han tomado esa decisión parece que no ha podido reconocerlas.







Las parejas heterosexuales o “normales”, como les gusta llamarlas a los homofóbicos, gozan de una empatía especial dentro de nuestra sociedad.


Para un romántico como yo, no existe un gesto más genuino de amor que hacer lo que se siente que se debe hacer. En este orden de ideas, cada vez que se me antoje salir a caminar tomado de la mano con mi novio, debería poder hacerlo con total desprecio de opinión externa. Y en efecto puedo hacerlo; no existe ninguna ley o código que me lo impida. Pero existe algo adicional que sí que lo impide y que, lo acepto, el problema puede que sea yo mismo.


La estigmatización y los prejuicios sembrados en las mentes que deambulan por ahí a diario pueden a veces más que cualquier otra cosa y a su vez, hacer que sea uno mismo el que se limita. Pueden existir las leyes de la vida que estipulen la equidad de derechos para todo el mundo sin distinción alguna, pero hasta que las mentes no cedan, nada pasará. Empezando por las mentes propias, porque aunque no lo crean hay homosexuales homofóbicos, o bueno, homosexuales forzados a ser homofóbicos.


La invitación es sencilla y no cuesta mucho. Tú, hetero, vive y deja vivir (no todos son prejuiciosos, pero el consejo sirve a cualquiera). Si bien no todo el mundo comparte tu estilo de vida, la vaina está en respetar; y respetar no siempre implica compartir o aceptar (ese es uno de los errores más graves de este embrollo). Y tú (odio discriminar por orientación sexual, pero en ocasiones se hace necesario) gay, lesbiana, bi, trans, inter, pan, ¡Por favor no temas! Hazle el favor a esta sociedad y a ti mismo de no temer. Si vas por la calle con tu pareja y te entran ganas de tomarle la mano, ¡Hazlo, carajo! Puede que algunos los miren mal, puede que otros les ofendan, pude que otros tapen los ojos de sus hijos, o se cambien de acera. Pero cuando tengas miedo de hacerlo, cuando sientas que caen sobre ustedes miles de miradas como ladrillos, cuando sientan la respiración en el cuello, cuando sus corazones estén a punto de explotar, cuando sientas que sus manos se relajan y empiezan a des entrelazarse ¡HOLD TIGHT! ¡SOSTENLA FUERTE! Que no puedan los prejuicios contra esa valentía que supone el amor que le tienes a tu pareja, no dejes que unas miradas o unas palabras definan cómo te debes comportar. Puede ser difícil, pero ¡La práctica hace al maestro! Nuestra sociedad merece un cambio, merece un pensamiento más libre, un ambiente más justo e incluyente que debemos fomentar nosotros, los jóvenes que seremos los adultos del futuro.


Quiero un día superar el miedo que nos han sembrado, porque no hay nada malo con amar, independientemente de a quien ames. Quiero poder salir con mi novio y tratarle como tal sin importar dónde estemos o quien nos mire.

Juan Sebastián Botero Quintero