SERIF

AMORES DE CALLE

Amores de Calle

12 de Diciembre del 2016

Y hoy salí, casual, de esos días en los que el alma hace escapar al cuerpo irreparablemente, en mis compulsivos paseos por la ciudad, caminé hacia el transporte público para ser un poco más ciudadano, por primera vez no tuve que agarrarme de las barandas, no, la multitud densa e impenetrable dentro del autobús no permitía que me moviera –ni siquiera por voluntad propia-. Y de nuevo me encuentro frente a frente con el amor. Pero no con el amor para mí sino con ese amor callejero, ese amor cotidiano que se hace sentir o que maliciosamente yo noto.

Hay de todo y para todos, desde ese amor burdo que exhala sudor, hasta ese amor refinado, clásico, romántico, etéreo y medido, de ese amor que me gusta a mí. Y es que los amores de Bogotá son tan coloridos y diversos como sus estratos y calles.

Vi a un joven con pantalones anchos y caídos y un saco de dos veces su talla que besaba a una jovencita con pantalones apretados y blusa entallada y corta que lo alojaba sugerentemente en su regazo frente a la estación. Al arribar el bus una pareja ya entrada en años salió, la mano de él, arrugada sostenía orgullosamente la mano de su amada, también ya arrugada, pero firmes ambas, entrelazadas. Subí al bus y a mi lado iba una joven con algunos cinco o seis años más que yo y hablaba con su –adivino yo- novio, a quien trataba melosamente con apelaciones que a mi gusto son sofocantes, pero se escuchaba feliz.

Llegando a mi destino, caminaba frente a un parque, despreocupado, con la mirada vaga, con las manos en los bolsillos , con el paso lento, como midiendo la envergadura de la acera hasta que en visión periférica logré distinguir a una mujer con expresión de desagrado que observaba a una pareja de dos chicos sentados en una pequeña colina frente a la banca en la que descansaba la señora, quizás le quedaría bien el fondo de “señora de las cuatro décadas” que ahora combinaba en su rostro una mezcla entre terror y cólera, yo me preguntaba el por qué de esa reacción al testificar una escena de amor tan puro y valiente cómo el de dos jóvenes, como de mi edad, besándose, enajenados del mundo, sin importar que su espectadora estuviese temiendo por la condenación de éstos dos personajes, ¡Pobres! No saben que terror les espera por haber amado sinceramente y sin temor. Y para efectos de aclaración soberbia, este no era de esos besos entre dos hombres que se ven en los antros a las cinco de la madrugada y con uno que otro trago encima, no, este era de esos besos con significado evidente, de esos besos que en lo más susceptible del ser generan envidia, de esos besos que me gustan a mí.

Más adelante, en el mismo parque, estaban un chico y una bella muchacha, uno frente al otro, mirándose ininterrumpidamente, estaban graciosamente vestidos y con una apariencia impecable, era evidente la conexión entre ambos, no se besaron, no pronunciaron una sola palabra en las tres milésimas de segundo en las que les dediqué mi atención, pero la forma en la que se miraban me fue suficiente para entender que entre ellos sólo existía amor.

Y esas reflexiones incontenibles de mis entrañas afloraron: sí tengo amor, no es mío, pero lo veo todos los días, en todas sus formas, colores y tamaños, corre libre por el aire, cruza las calles y se pasea de ida y vuelta por los callejones como cualquiera de nosotros, es como ese gris ineludible del panorama citadino, que siempre está ahí. Se esconde, vuela, sube, baja, ríe, llora, grita, habla, ama.

Pero como no todo puede ser bueno, en mi viaje de regreso a casa, vi llorar a una dama que acababa de colgar el teléfono con la frase “esto se acabó” ¡Pobre! Comprendo el torbellino de sentimientos que lleva encima, pero aun así, parece llorar solemnemente, sin sollozos, llora serenamente y yo, sin palabras, le miré y sé que entendió el abrazo simbólico que le di. Le regalé mi silencio.

De ésta forma viví un tour amoroso por la ciudad, viendo distintos exponentes en edad, forma, color, género y veracidad de éste sentimiento inevitable del hombre, que acariciamos todos los días, que tiene mil caras como dice Vargas Llosa, que vive entre los vivos y aún más allá. Pude comprender cómo el aroma del romance se mezcla con el olor de los cafés y el polvo de la calle, vi cómo se esconde detrás de tiernas miradas y cómo se manifiesta en actos sin pudor que condensan el eje más complejo de la humanidad, porque ése es el amor a la bogotana: una sarta de besos, abrazos, miradas, suspiros, sonrisas, caricias, consuelos, palabras y silencios que habitan con nosotros la ciudad y dibujan líneas en los muros que guardan las mejores historias que se puedan contar en la ciudad.

Juan Sebastián Botero Quintero